Cuando un cliente nos dice que ya ha estado en Madrid dos o tres veces, la sugerencia es casi siempre la misma: reserva un día entero para Chamberí. La reacción suele ser de leve decepción, porque el nombre no promete nada y no hay un monumento que justifique la visita. Al final del día, la conversación es otra.
Chamberí es un distrito residencial al norte del centro, levantado en su mayor parte entre finales del siglo XIX y comienzos del XX. No tiene catedral, no tiene palacio, no tiene nada que salga en una lista de diez imprescindibles. Lo que tiene es una ciudad funcionando: mercados donde la gente compra de verdad, bares donde los clientes se conocen por el nombre, plazas llenas de niños a las siete de la tarde y una densidad de buena comida por manzana que casi ningún barrio turístico del mundo alcanza.
Mañana: el café y la plaza
Empieza pronto, entre las nueve y las diez, desayunando de pie en la barra de cualquier bar de esquina. No busques el mejor: en Chamberí la media es alta y el valor está en hacerlo como se hace, entre gente que va camino del trabajo.
Después, camina hasta la Plaza de Olavide. Es una plaza octogonal rodeada de terrazas, con un parque infantil en el centro, y es el corazón social del barrio. Por la mañana hay jubilados al sol y carritos de bebé. Por la tarde, niños saliendo del colegio. De noche, esas mismas terrazas llenas de gente de treinta y pocos. Es el mismo espacio cumpliendo tres funciones a lo largo del día, y observarlo veinte minutos enseña más de la ciudad que una visita guiada.
Conviene saber que allí hubo un mercado cubierto, derribado en los años setenta con explosivos y retransmitido en directo por televisión. La plaza actual es el vacío que quedó.
Media mañana: un mercado de verdad
Chamberí tiene dos mercados de barrio en funcionamiento, y son lo contrario de lo que muchos visitantes conocen como mercado en Madrid. No son plazas de restauración con barras de vermú para turistas. Son sitios donde se compra pescado, carne, fruta y queso, con puestos de familia y clientela fija, y donde algunos locales han empezado a servir comida sin que el mercado dejara de ser un mercado.
La diferencia se nota enseguida: los precios son de quien vive allí, la conversación va en español y el pescadero pregunta cómo lo vas a preparar antes de elegir la pieza. Comprar algo pequeño para llevar, jamón, un queso, un aceite, es de los recuerdos más honestos que se traen de Madrid.
Antes del mediodía: una colección que casi nadie visita
Chamberí alberga una de las casas museo más bonitas de Madrid, la antigua vivienda y estudio de Joaquín Sorolla, con el jardín que él mismo diseñó inspirándose en Andalucía. Es una colección pequeña, luminosa, del tamaño justo para una hora, y el contraste con el Prado no podría ser mayor: aquí la pintura es playa, luz, agua y gente viva.
Es también un ejemplo del tipo de sitio que sostiene un segundo o un tercer viaje a Madrid. Nadie viene a la ciudad por primera vez a ver a Sorolla. Quien vuelve, sí.
Conviene consultar la agenda y las condiciones de visita antes de ir, porque el museo atraviesa periodos de obras y tanto el horario como las obras expuestas pueden verse afectados.
Mediodía: el vermú, que aquí no se discute
Si hay una hora en la que Chamberí es indiscutiblemente el mejor barrio de Madrid, es entre la una y las dos y media.
La calle Ponzano ha reunido tanto bar bueno en los últimos diez años que acabó convertida en verbo. Salir de ponzaneo es hacer el recorrido, dos o tres sitios, una consumición en cada uno, sin plan y sin reserva. Los sábados la calle entera está de pie en la acera.
Un aviso honesto: Ponzano dejó de ser un secreto y los fines de semana está llena. Las calles paralelas siguen siendo excelentes y bastante más tranquilas, y es ahí donde solemos mandar a quien quiere la experiencia sin la multitud. La regla es sencilla: si el bar tiene la pizarra escrita a mano con el vermú de grifo del día y la barra ocupada por gente del barrio, entra.
La prueba de la barra. En Madrid, un bar bueno se reconoce antes de probar nada. Mira la barra: si está llena de gente de pie, con los abrigos en el brazo, hablando alto, y hay servilletas en el suelo, es bueno. Un bar vacío a la una de la tarde en Chamberí no está vacío por casualidad.
Primera hora de la tarde: la comida, sentado
Después del vermú, siéntate. Chamberí tiene desde tabernas centenarias hasta cocina de autor a precios que en el centro serían el doble. Es también uno de los mejores sitios de la ciudad para el menú del día, servido entre semana, con tres platos y vino por un importe que sorprende a quien llega de fuera.
Reserva. La idea de que un barrio sin turistas no necesita reserva es falsa: las buenas casas de Chamberí se llenan de gente que trabaja allí, y a las dos y media de un jueves no hay mesa.
Tarde: una estación fantasma y una torre de agua
Dos visitas cortas e improbables, las dos en Chamberí, las dos casi desconocidas.
La primera es la estación fantasma de Chamberí, una estación de metro cerrada en 1966 y conservada tal como estaba, con sus azulejos publicitarios de la época, la taquilla y el andén. Hoy funciona como espacio museístico y se visita desde dentro, con los trenes pasando sin parar al otro lado. Es extraña, breve y memorable.
La segunda es la antigua torre de agua del Canal de Isabel II, un edificio de ladrillo de principios del siglo XX reconvertido en sala de exposiciones, por lo general de fotografía. Merece la pena entrar aunque no sepas qué hay en cartel, por la arquitectura interior.
Final de la tarde y noche
Vuelve a la Plaza de Olavide hacia las siete, cuando el barrio se llena otra vez, y merienda en una de las terrazas. Después, elige: una noche tranquila en el propio Chamberí, cenando ligero hacia las nueve y media, o diez minutos de taxi hasta el centro si la noche va a ser otra cosa.
En la mayoría de los viajes que planificamos, la recomendación es quedarse. Un día entero en Chamberí funciona mejor cuando termina donde empezó.
Alojarse aquí
Para quien ya conoce Madrid, Chamberí es nuestra sugerencia de alojamiento más frecuente, y conviene entender qué se gana y qué se pierde.
Se gana silencio real por la noche, calles anchas, precios de barrio, la sensación concreta de vivir en la ciudad durante unos días y una oferta gastronómica alrededor que evita desplazarse en la mayoría de las comidas.
Se pierde la vuelta caminando después de cenar en el centro histórico, que es un placer muy propio del primer viaje. Del centro a Chamberí hay diez minutos de metro o veinticinco andando, agradables buena parte del año y bastante menos en julio a las cuatro de la tarde.
Por eso la recomendación cambia según el viaje. Primera vez en Madrid: duerme cerca del eje histórico. Segunda o tercera: duerme en Chamberí, y la ciudad parecerá completamente distinta.
Por qué este día suele ser el preferido
Al final de un viaje, cuando preguntamos cuál fue el mejor día, la respuesta rara vez es el día del Prado o el de la cena más cara. Con frecuencia es este, y el motivo siempre se parece: fue el único día en el que la persona no se sintió visitante.