Toda mala visita al Prado empieza igual: con la intención de verlo todo. Dos horas y media después, uno sale con la memoria revuelta, los pies doloridos y la impresión vaga de haber pasado por muchas cosas importantes sin haber mirado ninguna.
La capacidad de atención delante de la pintura es corta y medible. Pasada la segunda hora, la mayoría de la gente deja de registrar. No es falta de cultura, es fisiología. Un recorrido de dos horas con ocho paradas deja más memoria, más comprensión y más placer que cuatro horas recorriendo salas.
Lo que sigue es un recorrido que usamos con frecuencia, con la lógica de cada elección. No es el único posible ni pretende ser un canon. Es una secuencia que funciona porque cuenta una historia en lugar de enumerar obras maestras.
Antes de entrar: tres decisiones que definen la visita
El horario. La primera hora después de la apertura es la mejor de la semana, cualquier día. Las dos últimas horas de la tarde son la segunda mejor opción, con una salvedad importante justo debajo.
Evita la franja gratuita. El Prado abre un tramo de acceso libre al final del día. Es una política generosa y una pésima idea para una primera visita: las salas se llenan, el flujo va rápido y acabas disputando el sitio delante de las obras que precisamente venías a ver. Pagar la entrada es el ahorro más evidente de un viaje.
Compra con hora. No tanto por la cola, que suele avanzar, sino porque una hora fijada ordena el día entero a su alrededor.
El recorrido, en ocho paradas
1. El Bosco, El jardín de las delicias
Empezar aquí es una decisión deliberada. Es la obra más extraña del museo, pinta el paraíso, el mundo y el infierno en tres tablas, y no exige ninguna formación para retener a cualquiera durante diez minutos. Los niños se quedan hipnotizados. Los adultos escépticos con los museos cambian de postura delante de ella.
Conviene saber que Felipe II compró la obra y se la llevó a El Escorial, y que al Prado llega por esa vía. La colección real explica casi todo lo que este museo es: no la montaron unos conservadores, la acumularon unos reyes con gusto propio y mucho dinero.
2. Tiziano, retratos y mitologías
Después del delirio flamenco, el contraste veneciano. Tiziano fue el pintor de Carlos V y después de Felipe II, y la cantidad de obra suya que hay aquí es consecuencia directa de eso. Importa menos memorizar títulos que notar el cambio de temperatura: el rojo veneciano, la carne, la materia de la pintura aplicada con libertad.
Es el momento en el que se entiende por qué Velázquez, cien años más tarde, va a mirar tanto hacia Venecia.
3. El Greco, El caballero de la mano en el pecho
Un retrato pequeño, austero, con la mano en primer plano y una mirada que acompaña. Sirve para introducir la España de Toledo, la religiosidad de la época y a un pintor que era griego, se formó en Venecia y terminó en Castilla. Cinco minutos bastan, y preparan el terreno para lo que viene.
4, 5 y 6. Velázquez, tres obras seguidas
El centro del museo y el centro del recorrido. La recomendación es ver tres, en este orden, y no salir corriendo después de la primera.
Las meninas es la pintura más analizada de la tradición occidental y sostiene la fama. Merece la pena dedicar el tiempo a preguntarse dónde está el pintor, a quién se está retratando, qué hace el espejo del fondo y por qué el rey y la reina aparecen donde aparecen. Diez minutos aquí rinden más que una hora en cualquier otra sala.
Las hilanderas suele cruzarse con prisa y es posiblemente lo más moderno del museo: una escena de trabajo en primer término, una escena mitológica al fondo y una rueda que Velázquez pinta en movimiento borroso dos siglos antes de que a nadie se le ocurriera el impresionismo.
La rendición de Breda muestra al vencedor impidiendo que el vencido se arrodille. Es pintura de propaganda con una dosis poco habitual de humanidad, y explica bastante sobre la imagen que el imperio español tenía de sí mismo.
7. Goya, El 3 de mayo de 1808
El cambio de tono. La luz del farol, los brazos abiertos, la fila que continúa en la oscuridad, las caras que no vemos de los soldados. Es una de las primeras veces en la historia de la pintura en que la guerra aparece sin heroísmo ninguno. Después de ella, nada en la sala siguiente suena igual.
8. Goya, las Pinturas negras
Terminar aquí es una elección dura y merece la pena. Son las pinturas que Goya hizo directamente sobre los muros de su casa en sus últimos años, sordo, enfermo y sin intención de exponerlas. Saturno devorando a un hijo es la más conocida. El perro, casi vacío, con la cabeza de un animal hundiéndose en una superficie indefinida, suele ser la que se queda con la gente.
No es un final agradable, y funciona exactamente por eso. Se sale del museo con algo en la cabeza en lugar de con un borrón de trescientas imágenes.
La regla del museo por día. Prado, Reina Sofía y Thyssen en la misma jornada no es eficiencia, es anulación. Las tres colecciones son grandes, densas y piden registros mentales distintos. Dos horas bien elegidas en el Prado por la mañana y una tarde libre rinden infinitamente más que un día entero repartido en tres museos. Con cinco días de viaje, los tres caben de sobra, en mañanas separadas.
Qué queda fuera, y por qué
Este recorrido deja de lado a Rubens, Ribera, Zurbarán, Murillo, Fra Angelico, Rafael y buena parte de la pintura italiana y flamenca de la colección. No es desprecio, es aritmética: ocho obras en dos horas dan quince minutos por obra contando los desplazamientos, y eso ya es generoso.
En una segunda visita el recorrido cambia por completo. Ahí sí entran Rubens, la pintura flamenca, los retratos de corte menos célebres y el placer concreto de andar sin lista.
Tres variaciones
Con niños. Una hora, hora y media como máximo. Empieza por El Bosco, ve directo a Las meninas y elige entre medias una obra con bicho, monstruo o batalla. Conviértelo en relato, no en visita. Siete u ocho obras es el techo absoluto.
Para quien ya conoce el Prado. Hazlo al revés: elige un único pintor y quédate solo con él. Un recorrido de Goya completo, desde los cartones alegres para tapices hasta las Pinturas negras, es una de las experiencias más impresionantes que ofrece el museo, y casi nadie la hace.
Con un historiador del arte. Dos horas con alguien que conoce la colección cambian la naturaleza de la visita, sobre todo para quien tiene poca familiaridad con la pintura antigua. Es uno de los pocos casos en los que un guía privado se amortiza en cinco minutos.
Después del museo
Algo que recomendamos casi siempre: no encajes nada exigente detrás. El Prado consume más de lo que parece. El Retiro queda a pocos minutos a pie y es el antídoto exacto, y la hora siguiente a una buena visita es con frecuencia la mejor conversación del viaje.